Ante un clima de conflicto [del preso anarquista Mario López]

 Mirando las últimas noticias tanto en T.V., como en los medios

impresos, me he llegado a enterar  de una serie de eventos que quizás,

si los vemos de manera aislada, pueden no significar mucho pero

mirándolos en conjunto, desde la óptica del conflicto –aun pese a las

discrepancias políticas— nos  regalan un panorama mucho más amplio de

una guerra social en curso, de un conflicto que avanza y que parece

cada vez más escapar del control del Estado. Comenzando por una nota

del jueves pasado –si no me equivoco— cuando un grupo de encapuchados

tomó la representación del estado de Michoacán en el Distrito Federal

y ocuparon sus oficinas por un buen tiempo; la semana pasada un grupo

de aproximadamente 50 personas con capuchas y cohetones cerraron la

Avenida Insurgentes, a la altura del parque de La Bombilla, hubo un

enfrentamiento con la policía y fue transmitido en vivo y en directo;

una semana antes de todo esto, los noticieros hablaban de los

enfrentamientos entre la policía federal y estatal contra los

normalistas en varios puntos de Michoacán, quienes desde hace tiempo

han llevado a cabo bloqueos y toma de autobuses como estrategia de

presión. Las imágenes transmitidas mostraban los enfrentamientos con

gases lacrimógenos de un lado y molotovs del otro. Hubo muchos

autobuses incendiados. También hubo dos patrullas incendiadas y más de

100 detenidxs, de los cuales quedaron encarceladxs sólo ocho;

anteriormente se había dado el reporte de que tres patrullas de la

policía fueron incendiadas en diversos puntos de Mexicali, Baja

California, al parecer, con cocteles molotov. En septiembre, los

noticieros hablaron de las acciones realizadas en el marco de la

semana de solidaridad con los presxs de la Guerra Social. En las

noticias se tomó nota de algunos comunicados, explícitamente hablando

de las acciones –incendios de patrullas, bombas en bancos, ataques con

armas de fuego contra la policía, etc.—, que fueron dirigidas en

“protesta” por el encarcelamiento de anarquistas en México y otros

países. Se dijo también que estas acciones representan una respuesta

ante actos considerados  “represivos” contra una supuesta red de

terrorismo anarquista internacional.

La respuesta, por lo entendido, fue a nivel internacional, lo que

representa un indiscutible crecimiento cualitativo de la lucha contra

el Poder. Una respuesta necesaria ante las ofensivas de los gobiernos

contra los anarquistas, nihilistas, libertarixs, luchadores y rebeldes

sociales que, representan de algún modo, un peligro para el Poder y

las sociedades basadas en sus normas y valores. Una respuesta en

solidaridad antiautoritaria que transmite  mucha fuerza, energía y

apoyo.

Ahora bien, el gobernador de Michoacán, por lo visto intenta hacer ver

que los llamados –por él— “ultra radicales”, no son gente residentes

en la entidad, sino que pertenecen a grupos ajenos al estado  de

Michoacán y a las escuelas normales. Según afirma, son tanto

militantes de partidos políticos opositores como integrantes de grupos

sociales o bien, que son elementos “ultra radicales” del Distrito

Federal o pertenecientes a un grupo denominado “Tenochtitlan” (¿Serán

lxs mismos “ultraradicales” de ese inexistente grupo que dicen que

atacaron con explosivos  las oficinas de la Comisión Federal de

Electricidad? —Acciones, dicho sea de paso, que se me imputan— ¿ O

querrán ahora sacarse de la manga  que son los “radicales” del

conflicto oaxaquelo del 2006, quienes se han trasladado a Michoacán

para crear un clima de “desestabilidad” en el Estado? A toda costa, el

gobierno busca justificar su reacción frente a un conflicto que se le

ha “escapado de las manos”.

En lo personal, la lectura que hago de lo que acontece —desde los

bombazos hasta las barricadas— es que todas estas formas de

confrontación forman parte de un accionar necesario, que refleja el

incremento de la conciencia antiautoritaria y de la creciente actitud

refractaria, aunque el Poder  pretenda presentarnoslo como “fallas del

sistema”. En el caso específico de la ciudad de México, todos estos

ataques son contra esa supuesta “paz social” que el gobierno

socialdemócrata perredista intenta vendernos. Barrios marginales, con

un alto índice de “delincuencia”, según la lógica del Poder tienen que

ser barridos, cuando —con todo y nuestra contundente crítica contra la

servidumbre voluntaria— tenemos que reconocer que esa gente no hace

más que defender su espacio vital y su sustento.

Casualmente, me encuentro en el mismo Juzgado con los 20 chicos

detenidos tras los enfrentamientos en el barrio de Tepito[1], justo un

día después de mi accidente y al escuchar sus historias me queda en

claro que allí no hubo más que una acción de autodefensa ante el

despojo cotidiano de sus vidas, una merecida respuesta violenta ante

los actos de violencia cometidos día tras día por parte de la policía.

Es por eso que, al igual que yo, enfrentan acusaciones de “ataques a

la paz pública” y tentativa de homicidio contra policías. Acusaciones

que acarrean sentencias de 7 a 47 años de prisión. ¿Qué pretenden? ¿un

castigo ejemplar? Sin duda, y guardando las distancias, esto me

recuerda los disturbios en los barrios marginales de París en el 2006,

bien criticados pero poco comprendidos.

Todos estos momentos de conflicto, ya sea que se traten de acciones

politizadas o no, no sólo nos dejan en en claro la inexistencia de ese

sistema de supuesto bienestar social, sino además, nos demuestran que

si en realidad existiera, igualmente lucharíamos contra él, porque

reconocemos que es el Poder el enemigo real de todxs lxs que anhelamos

la liberación total.

Pero, pese al inminente estado de control, aún hay quienes no se

atemorizan, hay quienes de día o de noche, solos o en colectivo, con

fuego, cohetones, bloqueos, explosivos o armas de fuego, dejan en

claro que esta no es la vida que queremos que —al menos desde nuestra

perspectiva—este sistema debe ser totalmente destruido. Su maldita paz

social es un mito que intentan imponernos, sólo existe el conflicto.

La paz impuesta por el Estado, es la paz de los sepulcros con la que

intentan apagar la lucha antiautoritaria. Estos actos de insurrección,

nos dejan claro que es necesario seguir haciendo “algo más que

palabras”, que el conflicto se debe extender. Hay que dar el paso de

la insurrección “inconsciente” a la insurrección consciente y

generalizada, propagar el ataque, levantar más barricadas, destruir la

economía, atacar la mercancía, conformar decenas, cientos, miles de

grupos de afinidad. Nos queda claro que tenemos que tomar el control

total de nuestras vidas y de nuestros espacios,  para lograrlo no hay

otra salida que la guerra social.

Esta conflictividad permanente de la que hago hincapié, parte de

nuestra individualidad, es un “contra valor” que se erije frente a los

valores del sistema y se construye en el día a día de cuestionarnos

como individuos y confrontar la realidad concreta, es mantener en pié

una crítica desgarradora contra el sistema reapropiándonos de una vez

por todas de nuestras vidas. Vivir, ser, estar, relacionarnos de modo

diferente,  mantenernos en conflicto con todo lo existente,

revolucionar cada momento, un ¡Ai ferri corti con la vita! Pero

también tenemos que traducir la conflictividad permanente como el

ataque constante y despiadado contra el sistema de dominación. Esa

tensión hacia la confrontación diaria contra un sistema que intenta

reducirnos a meras mercancías, esa práctica consecuente –al menos para

mi—, es mucho más íntegra que la simple “rebeldía” de ocasión, que la

protesta pasajera, que la pose revolucionaria. Son los momentos de

conflictividad los que cargan de expresión y de sentido nuestras

vidas.

Esa conflictividad permanente, jamás podrá ser asimilada por el

sistema de dominación, mucho menos podrá ser recuperada en la ciclica

reconstrucción del Poder, porque es el andamiaje natural de la

Anarquía. El Estado, desde que nacemos, expropia nuestras vidas y con

ello, también nos expropia nuestra capacidad crítica y nuestro natural

recurso a la auto-defensa, haciendo de la violencia un monopolio para

uso exclusivo del Poder, para que cuando lxs excluídxs y autoexcluídxs

la empleen, llamerla “terrorismo”. La acción antisistémica, el ataque

antiautoritario, el conflicto permanente, dejan en claro que la

violencia también es revolucionaria, y que tiene necesariamente que

ser utilizada a la hora de plantar cara a la violencia del Estado.

Compañerxs, hermanxs afines, aquí dentro de la cárcel —un tanto

limitado—, no tengo otra manera de contribuir a la lucha anárquica que

incitando a la agitación, en ese sentido, van dirigidas muchas de mis

cartas, notas y comunicados.

Por el momento, no tengo más que agregar salvo un enorme saludo de

fuerza y solidaridad a todxs lxs compañerxs anarquistas prisionerxs en

México y en el resto del mundo. Un fuerte abrazo y una coordial

invitación a seguir adelante, ni un paso atrás. ¡Agitación!

¡Por la Anarquía!

¡por la extensión del conflicto cotidiano!

¡Por la insurrección individual!

¡Por la insurrección generalizada!

¡Ni un milímetro atrás… 9 milímetros en las cabezas del Poder!

¡Guerra social en todos los frentes!

Con amor y anarquía

Mario Antonio López Hernández

Preso anarquista

Reclusorio Preventivo Sur, Centro de Observación y Clasificación,

Xochimilco, Ciudad de México

29 de octubre de 2012.

________________________________

[1] Enfrentamiento entre policías y residentes del Barrio de Tepito,

ver enlace relacionado.

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