Hijos de la perdición

bilde

Por Mumia Abu-Jamal

La reciente decisión de la Suprema Corte de Estados Unidos en el caso Montgomery vs. Louisiana hizo retroactivo su previo dictamen en Miller vs. Alabama, que declaró anti-constitucional la condena de cadena perpetua para jóvenes. Inesperadamente el fallo arrojó una cruda luz sobre los sistemas judiciales que han impuesto dicha condena porque fue emitido por la Suprema Corte más conservadora y, francamente, más represiva de las últimas décadas.

En ningún lugar es tan evidente la crueldad de este castigo que en Pensilvania, el estado con más jóvenes condenados a cadena perpetua, no solo en Estados Unidos, sino ¡en el mundo! ¿Cómo se produjo esta situación? ¿Los chavos en Pensilvania son, de algún modo, más tenebrosos, más viles, más malvados que los chavos en otros estados? ¿Son más diabólicos que cualquier otra población juvenil en el planeta Tierra?

Esto simplemente no puede ser. Tal sugerencia atenta contra la lógica.

Entonces ¿por qué han sufrido tan gravemente los jóvenes en Pensilvania durante tantos años, tantas décadas?

En un principio, cabe señalar que, a diferencia de muchos otros estados, Pensilvania no establece una edad mínima que proteja a un joven contra los vientos fríos de las leyes penales. Por eso, están expuestos a las mismas furias enfrentadas por los adultos, como se demuestra la cantidad de tiempo cumplida por los hombres en el sistema penal de Pensilvania que entraron como jóvenes y ahora comienzan su quinta década (más de 50 años) en prisión.

Su servidor tiene conocimiento personal de un hombre que estaba con él en la enfermería, un hombre que ha estado encarcelado durante más de 50 años, mayor de edad e irrefrenable. Se llama Robert Nash (espero que no se ofenda ser nombrado aquí). Es un cuate astuto, ingenioso y encantador, pero su cuerpo está destrozado.

Pero tal vez un hombre capturado en la flor de su juventud era atípico en aquel entonces. Sin duda. ¿No? Pues, no precisamente. En los años 90, multitudes de jóvenes empezaron a llenar las prisiones en todos los estados debido, en parte, a las medidas bipartidistas implementadas por el gobierno de Bill Clinton. Aquí no voy a replantear el caso en su contra porque la experta jurista Michele Alexander, en su reciente obra de gran calidad, The New Jim Crow, lo ha hecho de manera admirable, con clase y gracia.

Lo que no hemos reexaminado, sin embargo, son los textos de los académicos que se empeñaron en reforzar el espectro creciente del encarcelamiento masivo. Me refiero a personas como Dr. John Dilulio, uno de los primeros en lanzar el mito de los “superdepredadores” que brilló en las pantallas de televisión por todo el país. Era el equivalente filosófico de “¡El cielo se viene abajo!” inyectado en la red neural nacional. Estalló en un enloquecido coro político que se congeló y se solidificó en la política pública. Fue una política que convirtió a muchos jóvenes en el blanco de una represión masiva durante décadas, enviándolos a hoyos rurales de desorientación, enfermedad, destrucción y muerte.

En su artículo espectacular del 27 de noviembre, 1995, en The Weekly Standard, el mismo título contó la historia: “La llegada de los superdepredadores”. En su artículo, Dilulio cita a algunos procuradores, convictos, policías y otros individuos para apoyar su premisa esencial: que los niños de hoy (los años 90), son mucho más diabólicos, más brutales, más asesinos, más inhumanos que los de cualquier otra generación generada por la vida. En esencia, argumenta, son una raza aparte.

Otros eruditos conservadores se apresuraron a avalar sus observaciones, y también, ominosamente, algunos políticos neoliberales, ansiosos de distinguirse. Este nexo creó un furor público, un monzón bipartidista de opinión política que llevó a toda una generación juvenil a las puertas del infierno. No merecían nada, porque según Dilulio, eran ‘superdepredadores’.

Los académicos como Dilulio usaron el instinto, la intuición, la impresión, la cosmovisión y el prejuicio para fabricar algo que no existía en la naturaleza: jóvenes que eran mutaciones monstruosas de los que les habían precedido.

Y los políticos como ellos ––la fiscal Lynne Abraham y su predecesor Edward G. Rendell–– utilizaron estos pretextos académicos para diseñar una guerra maliciosa contra los niños. Porque eran niños, sí, pero no sus niños, y no niños como ellos.

Eran niños de otra índole, seres de otro orden de la humanidad– Homo Destructus, tal vez ––jóvenes que necesitaban ser encerrados para siempre.

Hillary Clinton se unió a este grupo malévolo. Como Michelle Alexander documentó recientemente, “ella también condenó a los ‘superdepredadores’ (sus palabras) a vivir toda sus vidas en jaulas, porque (sus palabras de nuevo) ‘ya no son simplemente pandillas de jóvenes’”.

Ninguna predicción de Dilulio se hizo realidad. De hecho, ocurrió exactamente lo contrario. No es que solo no hemos visto el ascenso de los llamados “superdepredadores”, sino que los índices de delincuencia han caído a su nivel más bajo en medio siglo.

A su vez, Dilulio ha quedado tan mal como dos pies izquierdos.

Se circuló una frase en la comunidad filosófica: “Yo no sé, tú tampoco, mucho menos Dilulio”.

Es mejor, al parecer, dejar las predicciones a los adivinos.

Mientras tanto, cientos y luego miles de niños fueron enviados a infiernos para adultos. Algunos se volvieron locos. Algunos sufrieron ataques monstruosos. Algunos fueron violados salvajemente por hombres mayores (y no debemos olvidar, en vista de los escándalos que salieron de los “boot camps” ya cerrados en el estado de Florida, que muchos de esos hombres mayores eran oficiales del Estado.)

Todos los jóvenes fueron traumatizados por una teoría vendida por un académico con un análisis falso, predicciones falsas, números falsos y ciencia falsa.

Pero lo cierto es que su política era derechista –de la ultra derecha.

Y los jóvenes pagaron un precio obsceno.

Desde la nación encarcelada soy Mumia Abu-Jamal.

© ‘16maj

18 de febrero de 2016

Audio grabado por Noelle Hanrahan: www.prisonradio.org

Texto circulado por Fatirah Litestar01@aol.com

Traducción Amig@s de Mumia, México

 

 

Un pensamiento en “Hijos de la perdición

  1. Pingback: Hijos de la perdición – Centro de Medios Libres México

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s